
Cae la primera lluvia de Abril y con ella las primeras heladas. Me gusta el invierno, creo pues a diferencia de mi abuelo, renazco.
Mi abuelo, minero del salitre, uno de los pocos que sabía leer y escribir, conocedor de libros y anécdotas, me explicaba a partir de las mitologías antiguas todos los fenómenos de la naturaleza. Cuando las primeras lluvias anunciaban al mundo que Perséfone abandonaba la tierra para bajar a los confines del averno a los brazos de Hades.
Me gustaba esta idea, me causaba risa ver discutir al abuelo con mi madre sobre si la lluvia era producto de los dioses u obra celestial del señor nuestro Dios, por lo que trataba que las conversaciones con el abuelo fueran cada vez más distantes. Debía entonces alejarme de esas direcciones tan sacrílegas.
La oportunidad se presentó al morir mi padre, ya nada nos involucraba con el norte y viajamos a Santiago.
Allí la Iglesia fue mi segundo hogar, me leía la biblia todas las noches y cada vez más la nebulosa del olvido cubría la silueta del abuelo.
Hice amigos en la iglesia, donde compartíamos las enseñanzas de la primera comunión, después de eso me haría monaguillo junto con el orgullo de mi madre, que hasta me veía como sacerdote.
El padre Nicodemo con rigurosidad nos hablaba del pecado y de nuestra madre la virgen maría. Con los amigos ya ni travesuras podíamos hacer ya que la imagen de los ojos del padre se posaba sobre nosotros, haciéndonos entender de que éramos pequeños ante él innombrable.
Ese verano antes de la primera comunión, llegó el momento de la confesión, durante la semana debíamos presentarnos ante el padre y relatar nuestros pecados. Fue un día martes, mi corazón de niño latía con fuerza frente a la puerta ¿me perdonará Cristo Jesús nuestro señor, por las faltas cometidas?. Debía confesarme, recibir a Cristo en cuerpo y alma y entré.
Al llegar a casa, de mis piernas aún goteaba un líquido espeso y viscoso que al verlo mi madre enmudeció.
Sacó mis ropas casi a tirones, las quemó en la cocina, mientras que desde su garganta salía un sonido, casi un quejido de gato.
No me miró, solo nos arrodillamos a los pies de la cama con Cristo crucificado como único testigo y con los ojos cerrados murmuró:
“Señor santificado sea tu nombre,
Hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo,
Perdona nuestras ofensas, no nos dejes caer en tentación,”
A lo que respondí, apretando las manos
Amén