
Las horas pasan en la estación. Espero el tren que vendrá, sin ánimo. Confundiéndolo quizás con vacilaciones temerosas que surgen a mi piel en gruesas gotas de sudor.
Mi boca no consigue palabras, de qué sirve ya. Soy el olvido y el horror.
El futuro ya no existe en esta estación, la realidad es más fuerte.
Miro alrededor y busco tu nombre o alguna aparición que mantenga tu silueta.
Padre, ¿Dónde estás? ¿O es que no existes ya? Abandonaste estas almas que esperan sin esperanzas. El amor en este lugar se encuentra enfermo y se ha negado. Aquí no hay flores que germinen ni aromas silvestres. Cierro los ojos, respiro hondo, no consigo dar memoria a mi pasado, el presente lo ha devorado.
Realidad, presente, hoy, me atrapan en el gran manto de la desidia, ¿a quién le importa? No trascenderé y mi nombre, como tantos otros, quedará como único testigo tallado en piedra. Ya no tengo sueños, esos son para otros, de otros corazones y retinas, donde el campo florece y el agua se torna cristalina, donde las bocas se unen en dulces besos y los abrazos se hacen eternos cuál ofrendas de elegidos.
La noche ha cubierto las sombras que deambulan en el lugar. Me uno a esta macabra procesión, sólo así, quizás, podré encontrar una mano que me salve, que me guíe, que me lleve a la cúspide y a la gloria, donde habitan los sueños, donde ojos deseosos se confundan con los míos. Las estrellas nos miran y diviso rostros que ya no están, son sólo murmullos que se alejan en la noche y quedo con mi mano en alza sin retorno, olvidada y muda.
La espera llega a su fin y mis ojos se tornan brillantes al acercarse la señal.
Ya viene, se acerca el tren de la muerte a Auschwitz.
Seremos conducidos al lugar donde las almas se convierten en cenizas.

