
Era principio del siglo XX, en la ciudad de La Serena. Una joven mujer vestida de pulcro blanco, miraba asustada al sacerdote que decía palabras en latín y a veces en español, ya no escuchaba, no quería entender solo pensaba en el lío en que estaba metida.
Hacía unos meses atrás había llegado a la ciudad un rico francés, de unos treinta años, según los comentarios para realizar algunas exportaciones, comercio y negocios que la Srta Francisca y la Srta María no entendían muy bien, sin embargo la situación acomodada de tal hombre, les parecía suficiente para que fuera un buen partido para su querida sobrina de tan solo 16 años pero para la época con edad ya de merecer.
Jacques Villa (se pronuncia Vilá) – nombre del tal francés - se hospedo en el lujoso Hotel de la ciudad, y por supuesto solo, mejor razón para las Srtas Francisca y María de que este señor fuera el futuro marido de su sobrina.
De la invitación a su casa, que se conocieran el francés y la niña mujer y la propuesta de matrimonio no pasó mucho tiempo. De la unión nació Olga, con una infancia rodeada de lujos y de una institrutiz que la proveía de los conocimientos necesarios para una niña de la época, tocar el piano y bordar, lo de saber escribir y leer era necesario en la medida que supiera conversar y saber quedarse callada cuando correspondiera.
A los 7 años Olga quedo huérfana de padre, el Francés había contraído una enfermedad incurable y ni todo el oro que poseía lo pudo salvar de la muerte, su madre quedo viuda a la edad de 23 años. Para la época una viuda no podía quedarse sola, por tanto tuvo que volver con su hija a la casa de sus tías. Como la niña debía ya comenzar a ir a un internado, las tías decidieron contratar a un cochero ecuatoriano para que trasladara cada Lunes en la mañana a la niña y la recogiera el día Viernes a la hora de almuerzo de vuelta a su casa. En estos viajes la madre acompañaba a su hija, eran los únicos momentos en que veía parte de la ciudad y podía conversar con otra persona que no fueran sus tías.
De las miradas, sonrisas y conversaciones primeros formales y después más coloquiales es que nació un profundo amor, prohibido y secreto. Un año más tarde en una fría noche de invierno, tomó de la mano a su hija, más algunos servicios de plata y uno que otro servicio de porcelana importada, se embarco a Valparaíso con su amado cochero. No miró atrás, no dejo carta alguna, era la primera vez que decidía por ella misma, solo arriba del barco miró a su hija ya durmiendo, tomó amorosamente la mano del cochero y sonrió aliviada.
Querida bisabuela, esta historia me la contó mi madre, tu nieta, la misma que te limpio el rostro una vez muerta.
Hacía unos meses atrás había llegado a la ciudad un rico francés, de unos treinta años, según los comentarios para realizar algunas exportaciones, comercio y negocios que la Srta Francisca y la Srta María no entendían muy bien, sin embargo la situación acomodada de tal hombre, les parecía suficiente para que fuera un buen partido para su querida sobrina de tan solo 16 años pero para la época con edad ya de merecer.
Jacques Villa (se pronuncia Vilá) – nombre del tal francés - se hospedo en el lujoso Hotel de la ciudad, y por supuesto solo, mejor razón para las Srtas Francisca y María de que este señor fuera el futuro marido de su sobrina.
De la invitación a su casa, que se conocieran el francés y la niña mujer y la propuesta de matrimonio no pasó mucho tiempo. De la unión nació Olga, con una infancia rodeada de lujos y de una institrutiz que la proveía de los conocimientos necesarios para una niña de la época, tocar el piano y bordar, lo de saber escribir y leer era necesario en la medida que supiera conversar y saber quedarse callada cuando correspondiera.
A los 7 años Olga quedo huérfana de padre, el Francés había contraído una enfermedad incurable y ni todo el oro que poseía lo pudo salvar de la muerte, su madre quedo viuda a la edad de 23 años. Para la época una viuda no podía quedarse sola, por tanto tuvo que volver con su hija a la casa de sus tías. Como la niña debía ya comenzar a ir a un internado, las tías decidieron contratar a un cochero ecuatoriano para que trasladara cada Lunes en la mañana a la niña y la recogiera el día Viernes a la hora de almuerzo de vuelta a su casa. En estos viajes la madre acompañaba a su hija, eran los únicos momentos en que veía parte de la ciudad y podía conversar con otra persona que no fueran sus tías.
De las miradas, sonrisas y conversaciones primeros formales y después más coloquiales es que nació un profundo amor, prohibido y secreto. Un año más tarde en una fría noche de invierno, tomó de la mano a su hija, más algunos servicios de plata y uno que otro servicio de porcelana importada, se embarco a Valparaíso con su amado cochero. No miró atrás, no dejo carta alguna, era la primera vez que decidía por ella misma, solo arriba del barco miró a su hija ya durmiendo, tomó amorosamente la mano del cochero y sonrió aliviada.
Querida bisabuela, esta historia me la contó mi madre, tu nieta, la misma que te limpio el rostro una vez muerta.

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